Purgatory and Praying for Our Beloved Dead / El purgatorio y la oracion por nuestros difuntos

Dear Brothers and Sisters in Christ,
Last week we reflected on the mystery of death. This week I would like to speak about something very close to our hearts in November: our prayers for those who have died.
Many of us have wondered, “Where is my mother now? Where is my father, my child, my friend?” We trust in Godʼs mercy. And the Church teaches us that those who die in Godʼs friendship, but who are not yet completely pure, are lovingly prepared by God before entering heaven. This is what we call purgatory (CCC 1030–1031).
Purgatory is not a punishment that God enjoys giving. Think of it more as the final washing of a soul that is already saved, like a bride preparing for her wedding. Nothing unclean can enter the full presence of God (Revelation 21:27), and so his mercy purifies us, removing every last trace of selfishness, until we are ready to see him face to face (1 Corinthians 13:12).
Here is the beautiful part: we can help them. From the very beginning, Christians have prayed for the dead (2 Maccabees 12:46; CCC 1032). St. John Chrysostom encouraged the faithful, “Let us not hesitate to help those who have died and to offer our prayers for them” (CCC 1032). Our love does not stop at the grave. When we have a Mass offered for our loved ones, pray the Rosary for them, visit their graves, give alms in their name, or simply whisper, “Eternal rest grant unto them, O Lord,” our prayers truly reach them and help them on their way home to God (CCC 958).
During the first week of November, the Church also offers a special gift. Those who visit a cemetery and pray for the dead, along with going to confession, receiving Holy Communion, and praying for the Holy Fatherʼs intentions, may obtain a plenary indulgence for a soul in purgatory (CCC 1471, 1479).
What a wonderful act of love!
Throughout November, our parish remembers all our beloved departed at every Mass, entrusting them to Godʼs tender mercy. Let us keep them close in our hearts and prayers, in the sure hope of meeting them again in heaven.
And one day, dear friends, we too will need the prayers of others. So let us pray generously now.

United with you in prayer,
Fr. Sudhakar Mannam
Your Pastor

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
La semana pasada reflexionamos sobre el misterio de la muerte. Esta semana quisiera hablarles de algo muy cercano a nuestro corazón en noviembre: nuestras oraciones por los que han muerto.
Muchos nos hemos preguntado: “¿Dónde está ahora mi madre? ¿Dónde está mi padre, mi hijo, mi amigo?” Confiamos en la misericordia de Dios. Y la Iglesia nos enseña que quienes mueren en la amistad de Dios, pero aún no están completamente purificados, son preparados amorosamente por Dios antes de entrar en el cielo. Esto es lo que llamamos purgatorio (CIC 1030–1031).
El purgatorio no es un castigo que Dios disfrute dar. Pensemos en él más bien como el último lavado de un alma que ya está salvada, como una novia que se prepara para su boda. Nada impuro puede entrar en la plena presencia de Dios (Apocalipsis 21,27), y por eso su misericordia nos purifica, quitando todo astro de egoísmo, hasta que estemos listos para verlo cara a cara (1 Corintios 13,12).
Y aquí está lo hermoso: podemos ayudarlos. Desde el principio, los cristianos han orado por los difuntos (2 Macabeos 12,46; CIC 1032). San Juan Crisóstomo animaba a los fieles: “No dudemos en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras oraciones por ellos” (CIC 1032). Nuestro amor no termina en la tumba. Cuando ofrecemos una Misa por nuestros seres queridos, rezamos el Rosario por ellos, visitamos sus tumbas, damos limosna en su nombre o simplemente susurramos: “Dales, Señor, el descanso eterno”, nuestras oraciones de verdad los alcanzan y los ayudan en su camino hacia la casa de Dios (CIC 958).
Durante la primera semana de noviembre, la Iglesia también nos ofrece un regalo especial. Quienes visitan un cementerio y oran por los difuntos, además de confesarse, recibir la Sagrada Comunión y orar por las intenciones del Santo Padre, pueden obtener una indulgencia plenaria para un alma del purgatorio (CIC 1471, 1479). ¡Qué maravilloso acto de amor!
Durante todo noviembre, nuestra parroquia recuerda en cada Misa a todos nuestros queridos difuntos, encomendándolos a la tierna misericordia de Dios. Llevémoslos cerca de nuestro corazón y en nuestras oraciones, con la firme esperanza de volver a encontrarlos en el cielo.
Y un día, queridos amigos, también nosotros necesitaremos las oraciones de otros. Por eso, oremos ahora con generosidad.
Unido a ustedes en la oración
P. Sudhakar Mannam
PÁRROCO